Editorial | Diario Vértice Crítico
27 de Febrero: Independencia y tarea inconclusa.
Cada 27 de febrero la República Dominicana se cubre de símbolos. La bandera ondea, los discursos se multiplican y el nombre de los trinitarios vuelve a ocupar el centro de la escena pública. Sin embargo, conmemorar la Independencia no puede reducirse a un acto ceremonial ni a una repetición ritual de consignas patrióticas. La historia no es un altar inmóvil: es un campo permanente de batallas de ideas y acciones concretas por independencia, soberanía, igualdad y justicia.

La gesta de 1844 no fue únicamente una ruptura jurídica con la elite de dominación de Haití; fue también la afirmación de un proyecto de soberanía política frente a cualquier forma de dominación. Aquella generación entendió que sin autodeterminación no hay República. Hoy, esa premisa exige una lectura más amplia y más integral.
Porque la pregunta esencial sigue abierta: ¿somos realmente independientes?
Formalmente sí. Somos un Estado reconocido, con instituciones, leyes y fronteras. Pero en el terreno material (el de la economía, la estructura productiva y el control de los recursos estratégicos), la soberanía se diluye entre condicionamientos financieros, tratados desiguales y una inserción internacional que reproduce dependencias históricas. Exportamos materias primas e importamos valor agregado; celebramos crecimiento macroeconómico mientras amplios sectores de la población viven atrapados en la informalidad, la precariedad salarial y la exclusión territorial.
La independencia política sin independencia económica es una promesa a medias.
Mientras una minoría concentra la riqueza y amplifica su influencia sobre las decisiones públicas, la mayoría trabaja bajo condiciones que no le permiten disfrutar plenamente de los derechos proclamados en la Constitución. La desigualdad no es un accidente: es el resultado de un modelo que privilegia la acumulación antes que la distribución, el capital antes que la vida, el mercado antes que la dignidad.
En este contexto, la soberanía nacional es una caricatura determianda por la dependencia financiera y tecnológica. Las grandes decisiones estratégicas (infraestructura, energía, comercio exterior), se toman bajo la mirada y la influencia de actores externos cuyo interés no es la justicia social dominicana sino la maximización de beneficios. La bandera flamea, pero las cadenas adoptan formas más sofisticadas.
La historia dominicana ha sido una lucha constante contra la subordinación: contra anexiones, intervenciones militares y dictaduras. Sin embargo, las formas contemporáneas de subordinación son menos visibles y, por ello, más peligrosas. Operan a través de mercados, deudas, contratos y discursos que naturalizan la desigualdad como si fuera ley de la naturaleza.
La Independencia, entonces, no puede entenderse como un evento clausurado en el siglo XIX. Es un proceso en permanente construcción. La soberanía que proclamaron Duarte, Sánchez, Mella, Luperón, Manolo y Caamaño; no se agota en la defensa del territorio; se proyecta en la defensa del trabajo digno, del acceso equitativo a la tierra, del control democrático de los recursos estratégicos y de una economía al servicio de las mayorías.
Conmemorar este 27 de febrero exige un enfoque histórico desde la resistencia. No basta con recordar; hay que evaluar. No basta con exaltar el pasado; hay que cuestionar el presente. La independencia será plena cuando la riqueza producida socialmente no esté concentrada en pocas manos, cuando el campesino no sea expulsado por el latifundio moderno, cuando la juventud no tenga que emigrar para encontrar oportunidades, cuando las decisiones nacionales no estén condicionadas por agendas externas.
Hoy la República existe, pero la justicia social sigue siendo una tarea pendiente.
La soberanía fue proclamada, pero su realización material continúa en pendiente.
El 27 de febrero no es un punto final. Es una pregunta abierta.


































