
Segunda entrega del análisis del Programa de Gestión 2026-2030 del rector Jorge Asjana David
Por José Espinal Marcelo | Vértice critico.
Toda universidad puede construir edificios, inaugurar laboratorios o modernizar sus plataformas tecnológicas. Sin embargo, ninguna de esas inversiones tendrá un impacto duradero si quienes dan vida a la institución (estudiantes, docentes y personal administrativo), continúan enfrentando condiciones que limitan su desarrollo integral.

Quizá por ello resulte significativo que el Programa de Gestión 2026-2030 del doctor Jorge Asjana David incorpore el Bienestar Universitario como uno de sus ejes transversales. No lo presenta como un programa asistencial ni como un complemento de la política académica, sino como un componente estratégico de la transformación institucional.
La decisión tiene un profundo contenido político y filosófico. Durante décadas, las universidades latinoamericanas concentraron buena parte de sus esfuerzos en ampliar cobertura, construir infraestructura y fortalecer la oferta académica. Mucho menos espacio ocuparon las condiciones materiales y emocionales que hacen posible aprender, enseñar y trabajar con dignidad.
El programa parte de una premisa que merece ser destacada: el bienestar universitario no se reduce a la atención médica. Su objetivo estratégico propone garantizar condiciones de bienestar físico, emocional, académico y cultural, articulando programas de salud, alimentación, deporte, cultura, apoyo psicosocial y equidad para toda la comunidad universitaria.
Ese enfoque responde a una concepción contemporánea de universidad. Hoy se reconoce que el rendimiento académico no depende únicamente de la capacidad intelectual del estudiante. También intervienen factores como la alimentación, la salud mental, la estabilidad económica, el acceso al transporte, la vivienda, el acompañamiento psicológico y las oportunidades de integración cultural.
En ese sentido, el programa muestra coherencia al vincular bienestar con permanencia estudiantil. No basta con abrir las puertas de la universidad; el verdadero desafío consiste en evitar que miles de jóvenes abandonen sus estudios por razones económicas o sociales.
Uno de los aspectos más relevantes del documento es que reconoce la necesidad de fortalecer servicios tradicionalmente subestimados dentro de la UASD: orientación psicológica, apoyo socioeconómico, programas de acompañamiento emocional, orientación vocacional y mecanismos permanentes de inclusión para poblaciones vulnerables.
Resulta igualmente acertado que el programa incorpore tres componentes que históricamente han incidido en la calidad de vida del estudiantado: comedores, residencias y transporte universitario.
La propuesta de modernizar los comedores universitarios trasciende la simple mejora de una infraestructura física. Para miles de estudiantes provenientes de familias de bajos ingresos, el comedor representa muchas veces la diferencia entre continuar o abandonar la carrera. Del mismo modo, dignificar las residencias estudiantiles y fortalecer el transporte significa reducir desigualdades territoriales y ampliar las oportunidades de acceso a la educación superior.
Especial atención merece la propuesta de ampliar el sistema de becas y ayudas económicas. El documento plantea fortalecer programas existentes, incorporar nuevas modalidades de apoyo y establecer criterios transparentes para la asignación de becas por mérito académico, condición socioeconómica y áreas estratégicas del conocimiento. Además, propone ampliar las fuentes de financiamiento mediante alianzas con el Estado, el sector privado y organismos internacionales.
Desde una perspectiva de política pública universitaria, esta propuesta constituye una de las más importantes del eje. Sin embargo, también plantea uno de sus mayores desafíos: la sostenibilidad financiera.
Toda política de bienestar requiere recursos permanentes. Incrementar becas, ampliar servicios de salud, fortalecer el transporte, modernizar comedores y expandir la cobertura psicológica supone inversiones significativas. En consecuencia, la viabilidad de este eje dependerá en gran medida de la capacidad de la nueva gestión para obtener mayores niveles de financiamiento y administrar eficientemente los recursos disponibles.
Otro aspecto digno de valoración es la incorporación del deporte, la cultura y la recreación como componentes de la formación integral. Durante años estos espacios fueron considerados actividades complementarias. El programa los reivindica como instrumentos de integración, identidad institucional y desarrollo humano, proponiendo fortalecer el Torneo Tony Barreiro, ampliar la infraestructura deportiva y cultural y consolidar programas permanentes de arte, música, teatro y recreación.
No obstante, el eje también deja abiertas interrogantes que deberán responderse durante la ejecución de la gestión.
Aunque define con claridad el propósito del bienestar universitario, el documento deja pendiente establecer indicadores concretos que permitan evaluar su cumplimiento. ¿Cuántas becas adicionales se crearán? ¿Cuál será la cobertura de los servicios psicológicos? ¿Qué metas se fijan para la modernización del transporte o de los comedores? ¿Qué presupuesto requerirá cada programa? Esas respuestas serán esenciales para medir el éxito de la política de bienestar.
Más allá de las propuestas específicas, este eje transmite un mensaje político que atraviesa todo el programa: la excelencia académica comienza por la dignificación de las personas.
La frase con la que concluye el documento sintetiza esa filosofía: "Una universidad solo puede alcanzar la excelencia cuando cuida a su gente"; una afirmación que convierte al bienestar en un principio rector de la gestión y no en un simple servicio complementario.
Si la nueva administración logra traducir esa visión en políticas sostenibles, con recursos suficientes, metas verificables y mecanismos permanentes de evaluación, el Bienestar Universitario podría convertirse en uno de los pilares más transformadores del período 2026-2030. Porque, al final, las universidades no se miden únicamente por el número de profesionales que gradúan, sino por la calidad de vida que son capaces de ofrecer a quienes hacen posible su existencia cotidiana.






































