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LA BUENA ESTRELLA DE EDUARDO MARÍA.

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Por Fidel Soto Castro | Vértice crítico. 

Fidel Soto Castro | Foto fuente externa.
Fidel Soto Castro | Foto fuente externa.

Nuestro querido y apreciado camarada Eduardo María (Guayubín) pareció estar acompañado, en más de una ocasión, por una buena estrella.

Una combinación de serenidad, disciplina y circunstancias favorables le permitió evadir, repetidas veces, la captura por parte de los organismos represivos.

Creo importante que algunos camaradas conozcan estas vivencias y que otros las recuerden como parte de una historia que merece ser preservada.

Una de esas ocasiones ocurrió en Santiago, en el barrio Pueblo Nuevo. Los organismos de seguridad allanaron la casa del compañero Pedro, "el Viejo". En ese momento, Eduardo María se encontraba allí. Sin perder la calma, salió caminando por delante del cordón policial, como si fuera un vecino más.

Nadie lo detuvo. Simplemente abandonó el lugar, mientras los agentes permanecían concentrados en el allanamiento.

En otra oportunidad —esta narrada por él mismo— tomó un carro público en la calle Nouel. Después de recorrer varias cuadras, un vehículo del Servicio Secreto de la Policía Nacional interceptó el automóvil. Todo hacía pensar que había llegado el momento de su arresto. Sin embargo, un oficial dijo:

—El señor puede irse; vimos que se montó cerca de aquí.

Poco antes de escuchar esas palabras, Eduardo María había sacado discretamente de sus bolsillos unas notas comprometedoras, posiblemente apuntes o una agenda relacionada con una reunión clandestina. Es fácil imaginar las consecuencias que habría tenido aquel documento si hubiese sido encontrado durante un registro. La suerte, una vez más, estuvo de su lado.

Otra escena memorable ocurrió cuando la Universidad de Santo Domingo fue cercada por un fuerte contingente de los llamados Cascos Negros. Contra todo pronóstico, Eduardo María logró salir del recinto universitario sin ser detenido. Lo acompañaba el fiel y valioso compañero Luis Pérez Espaillat, a quien recuerdo con profundo afecto y admiración, sentimientos que hago extensivos al inolvidable titán de la lucha revolucionaria, Ignacio Rodríguez Chiappini.

Siempre he pensado que aquella aparente buena fortuna tenía una explicación.

Eduardo María era un hombre sereno, circunspecto y dueño de un extraordinario control emocional. A ello se sumaba su estricto respeto por los métodos de la lucha clandestina. Es probable que la disciplina adquirida durante su formación militar contribuyera a moldear las cualidades que más tarde pondría al servicio de la militancia revolucionaria.

Hoy, al evocar estos episodios, comprendo que la suerte, por sí sola, no explica aquellos desenlaces. La serenidad, la disciplina, la prudencia y la firmeza de carácter de Eduardo María fueron tan decisivas como las circunstancias favorables que parecían acompañarlo. La buena estrella existe, pero suele brillar con mayor intensidad sobre quienes saben conservar la calma en los momentos más difíciles. Eduardo María fue uno de esos hombres.

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