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CRÓNICA DE UNA SOCIEDAD QUE SE DESHUMANIZA

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Por Julio Disla | Vértice crítico.

Julio Disla
Julio Disla

No fue un accidente. No fue un “hecho aislado”. No fue una simple riña entre un ciudadano y un motorista.
Fue un asesinato colectivo.

En la ciudad de Santiago de los Caballeros, en pleno corazón de la República Dominicana, un hombre llamado David Carlos Abreu Quezada, de 44 años, cayó desangrado frente a las puertas de la justicia. Y con él cayó algo más profundo: la última línea de defensa moral de una sociedad que se mira a sí misma y ya no se reconoce.

David no era un delincuente. No era un privilegiado. No era un hombre protegido por el poder. Era, como millones de dominicanos, un sobreviviente del abandono estructural: huérfano desde niño, criado en el trabajo duro en Constanza, padre de cuatro hijos, pastor evangélico, trabajador en uno de los oficios más invisibilizados y despreciados —recoger la basura que todos producen, pero que nadie quiere mirar.

Ese viernes, lo que comenzó como un roce de tránsito se convirtió en una cacería humana. No hubo mediación. No hubo autoridad. No hubo límites. Hubo persecución. Hubo miedo. Hubo abandono.

Y cuando ese hombre, herido, acorralado, buscó auxilio, lo hizo donde aún se supone que habita el último reducto de civilización: ante un agente del orden público, ante la justicia, ante la institucionalidad.

“¡Me quieren matar, ayúdenme!”

Pero el Estado no respondió. La autoridad no actuó. La sociedad no se conmovió.

David siguió corriendo hasta desplomarse en la puerta misma del sistema que debía protegerlo. Y allí, en el umbral simbólico entre la vida y la muerte, entre la ley y la barbarie, ocurrió lo más atroz: nadie hizo nada.

Ni un torniquete improvisado. Ni una llamada urgente. Ni una acción decidida.

Lo que hubo fue otra cosa: teléfonos en alto, cámaras grabando, ojos curiosos, voces preguntando… pero manos inmóviles. Como si la vida de un hombre fuera contenido. Como si su agonía fuera entretenimiento. Como si la muerte se hubiera banalizado al punto de convertirse en espectáculo.

Ese es el verdadero crimen.

Porque no lo mataron solo los que lo persiguieron. Lo mató una cultura de indiferencia. Lo mató un Estado ausente. Lo mató una sociedad que ha normalizado la violencia y ha renunciado a intervenir.

Lo mató el miedo, sí. Pero también lo mató la comodidad de no involucrarse. Lo mató el algoritmo que premia el morbo por encima de la empatía. Lo mató la descomposición ética y social de un país que observa, comenta… y sigue de largo.

Y mientras David Carlos agonizaba, sus últimas palabras no fueron de odio. No fueron de venganza. Fueron de súplica:

“Yo no hice nada… Señor Jesús, no me dejes morir…”

Esa frase debería retumbar como un juicio histórico contra todos nosotros.

Porque en ese momento no solo estaba muriendo un hombre. Estaba muriendo la idea misma de comunidad. Estaba muriendo el principio básico de humanidad: auxiliar al prójimo, al caído.

¿Qué sociedad es esta que necesita grabar antes que ayudar? ¿Qué sistema es este donde la justicia es un edificio, pero no una práctica? ¿Qué nos pasó como pueblo?

No se trata de un caso más. Se trata de un síntoma. De una radiografía brutal de lo que estamos permitiendo que ocurra: la erosión total del vínculo social.

Hoy son cuatro niños los que quedan sin padre. Cuatro vidas marcadas por una muerte que pudo evitarse.

Pero mañana —si no hay ruptura, si no hay reacción, si no hay conciencia—, puede ser cualquiera.

Porque cuando la indiferencia se convierte en norma, nadie está a salvo.

Este no es un llamado a la tristeza. Es un llamado a la indignación.

A recuperar la capacidad de actuar. A exigir responsabilidad a las autoridades. A romper con la cultura del espectador pasivo.

Porque si no somos capaces de intervenir para salvar una vida frente a nosotros… entonces ya hemos cruzado una línea peligrosa: la de la deshumanización total.

Y cuando una sociedad llega a ese punto, no necesita enemigos externos. Se destruye sola.

David Carlos murió desangrado frente al palacio de justicia. Pero la verdadera pregunta es otra: ¿Cuánto más estamos dispuestos a dejar morir… antes de reaccionar?


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