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Los Cerros: Vivir en el agua, resistir en el abandono.

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Varios años de inundaciones crónicas, enfermedades y promesas incumplidas empujan a una comunidad al límite en el kilómetro 18 de la autopista Duarte.

Por Luís Rodríguez | Vértice crítico.

Santo Domingo. En Los Cerros, la lluvia es una amenaza para los pobladores. Cada aguacero convierte las calles en canales turbios, las casas en depósitos de agua contaminada y la vida cotidiana en una rutina de emergencia. A pocos metros de la autopista Duarte, en el kilómetro 18, una comunidad entera lleva cuatro años atrapada en un ciclo de inundaciones que ya no sorprenden, pero sí desgastan.

aguas pluviales que no drenan
aguas pluviales que no drenan

Aquí, el problema tiene nombre y cuerpo, una cañada colapsada, atrapada bajo una construcción que interrumpe su curso natural. El resultado es una acumulación constante de aguas pluviales que no drenan, que se estancan, que regresan (como una condena), a los hogares.

Carmen Peña
Carmen Peña

“Esto no es vida”, lanza Carmen Peña, presidenta de la junta de vecinos, mientras describe un paisaje donde las calles permanecen anegadas durante días, el tránsito se vuelve imposible y el olor a descomposición se instala como una presencia permanente. No es solo el agua: es lo que trae consigo.

Mosquitos. Fiebre. Piel irritada. Aire pesado.

En Los Cerros, la salud pública se diluye en cada charco.

Eladio Mejía
Eladio Mejía

Eladio Mejía habla de pérdidas, electrodomésticos arruinados, muebles inservibles, pertenencias rescatadas a pulso, literalmente sobre la cabeza, en medio del avance del agua sucia. “A veces dura días. Y no es agua limpia. Es desesperante”, resume, sin dramatismo, como quien ya no espera ser escuchado.

Las soluciones han sido domésticas, precarias, casi defensivas, bloques en las entradas, paredes elevadas, bombas improvisadas. Pero el agua insiste. Se filtra por el suelo, atraviesa las barreras, invade el espacio íntimo. “Aquí no dormimos cuando llueve”, dice Lucía García. La noche, en lugar de descanso, es vigilancia.

Mientras tanto, las visitas oficiales han existido (el alcalde Francisco Peña y técnicos del Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones han recorrido la zona), pero la solución concreta sigue ausente. Los residentes escuchan promesas de proyectos aprobados, de intervenciones futuras. Sin embargo, en el presente, el agua sigue subiendo.

El deterioro ya es visible en la geografía humana del barrio, casas cerradas, negocios abandonados, familias que se han ido. El desplazamiento no es oficial, pero es real. Se marcha quien puede.

Y quien se queda, resiste.

Pero la paciencia tiene un límite. Líderes comunitarios advierten que podrían escalar sus reclamos, incluso bloqueando la autopista Duarte, arteria clave que conecta el Cibao con el Distrito Nacional. No es una amenaza vacía, sino el síntoma de una comunidad que siente que solo el conflicto la vuelve visible.

En Los Cerros, cada lluvia es un recordatorio, no se trata solo de infraestructura. Se trata de dignidad. De vivir sin miedo a que el agua toque la puerta… o la derribe.

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