“La moral es selectiva: lo que ayer era prueba de amor y validez, hoy se convierte en desprecio cuando los resultados no les convienen.”
Por Francisco Luciano

José Calzado era un muchacho expresivo, locuaz y despierto. Siempre se le veía en el colmado de Vinicio, jugando dominó con los amigos y, de cuando en vez, bajándose una fría bien fría.

Calzado mantenía un romance con una muchacha llamada Inés Zarzuela, una hermosa morena de ojos grandes y expresivos, labios gruesos, dentadura perfecta y un cuerpazo monumental que era imposible pasar desapercibido. Inés era muy cariñosa con él. Cada vez que estaban juntos, ella se pegaba a su lado: le cortaba las uñas, le sacaba espinillas con dedicación, le daba besos a cada rato, se sentaba en sus piernas y lo trataba con dulzura, llamándolo “cariño”, “mi amor”, “mi vida”, etc.
José se vanagloriaba constantemente de ese amor. Decía, orgulloso, que la muchacha estaba locamente enamorada de él y ponía como prueba irrefutable lo atenta, dedicada y cariñosa que ella era.
Nadie supo con exactitud por qué la relación entre José e Inés se rompió. Pasaron unos meses y José empezó un nuevo romance. Poco después, anunció su compromiso y fijó fecha de casamiento con otra muchacha.
Más de un año después del anuncio del compromiso de José, Inés formalizó amores con un apuesto joven llamado Arístides Arias. Una tarde, en el colmado, todos los presentes vieron a la muchacha sentada en las piernas de Arístides, deshollinándole la nariz con ternura y muy acaramelada, perdida en su mirada.
José Calzado, sentado en la mesa de dominó, jugaba dos partidas a la vez: la del dominó y la de Inés. Al verla tan entregada, murmuró con tono despectivo:
—Mira ese cuero, cómo está entregada a ese tipo…
Lucas, que le jugaba de contrario, lo miró con sorna y le respondió:
—Es decir, que cuando ella era tu novia y te daba todas esas caricias, estaba “locamente enamorada de ti…”, pero ahora que hace lo mismo con Arístides, ¿ya es un cuero?
Así actúan algunos aspirantes a cargos en la Universidad (y sus promotores) frente al maestro Roberto Reyna y la Encuesta PASDAL.
Primero la validaron, la promocionaron y la defendieron con entusiasmo. Cuando los resultados les fueron favorables, la celebraron a bombo y platillo y la usaron como prueba irrefutable de su popularidad, definiendo la encuesta como “objetiva y veraz”, pero en cuanto los mismos números favorecieron a otros aspirantes, cambiaron radicalmente de discurso y la descalifican, sindicándola de “amañada y parcial”, con la misma vehemencia con que José Calzado pasó de presumir el amor de Inés a llamarla “cuero”.
La moral es selectiva: lo que ayer era prueba de amor y validez, hoy se convierte en desprecio cuando los resultados no les convienen. Y es que, como decía el poeta Campoamor: “En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. Y, tal como afirma la sabiduría popular frente a situaciones parecidas: “Según le conviene al santo, se hace el milagro”.
El autor es docente universitario.

































