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La calidad docente: el verdadero corazón de la transformación universitaria | Programa de Gestión UASD 2026-2030 | 3era. Parte.

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Tercera entrega del análisis del Programa de Gestión 2026-2030 del rector Jorge Asjana David.

Por José Espinal Marcelo | Vértice crítico. 

Si existiera que identificar un eje capaz de definir el éxito o el fracaso de una gestión universitaria, probablemente sería este, la calidad docente.

Las universidades pueden construir modernos edificios, incorporar tecnología de última generación y ampliar su oferta académica; sin embargo, ninguna de esas inversiones sustituye la capacidad transformadora de un/a profesor/a que domina su disciplina, investiga, innova y logra despertar el pensamiento crítico de sus estudiantes.

Por esa razón resulta significativo que el Programa de Gestión 2026-2030 del doctor Jorge Asjana David coloque la Calidad Docente como uno de sus ejes estratégicos. No se trata únicamente de mejorar indicadores académicos, sino de reconocer que la excelencia institucional comienza en el aula, donde diariamente se construye la misión fundamental de la universidad.

El documento plantea como objetivo estratégico fortalecer la formación, evaluación, desarrollo docente, innovación educativa y bienestar profesional, con la finalidad de garantizar una educación superior de excelencia. Esa formulación revela una comprensión amplia del concepto de calidad, alejándose de la visión reduccionista que durante años la limitó a la simple evaluación del desempeño.

Quizá uno de los principales aciertos del programa consiste precisamente en comprender que un docente de calidad no surge únicamente por poseer un título académico. La excelencia profesoral es el resultado de múltiples factores: formación continua, condiciones laborales dignas, actualización científica permanente, estabilidad institucional, investigación, innovación pedagógica y compromiso ético.

En América Latina, una parte importante de las reformas universitarias fracasó porque concentró sus esfuerzos en modificar reglamentos y estructuras administrativas sin transformar el proceso de enseñanza-aprendizaje. La UASD no puede repetir ese error. Ninguna reforma universitaria será sostenible si no coloca al profesorado como protagonista del cambio.

El programa propone fortalecer la formación permanente mediante procesos sistemáticos de actualización profesional, capacitación pedagógica y desarrollo disciplinar. Esa propuesta resulta particularmente pertinente en un momento en que el conocimiento se renueva con una velocidad sin precedentes. Hoy, un profesor universitario no solo debe dominar los contenidos de su área; también necesita comprender nuevas metodologías de enseñanza, integrar tecnologías digitales y responder a las demandas de una generación que aprende de manera diferente.

Otro aspecto que merece valoración es la incorporación de la evaluación docente con fines formativos. Tradicionalmente, la evaluación ha sido percibida como un mecanismo de control o sanción. El programa plantea una visión distinta: convertirla en una herramienta para identificar fortalezas, detectar oportunidades de mejora y promover el desarrollo profesional continuo.

No menos importante resulta el énfasis en la innovación educativa. La pandemia dejó al descubierto que las universidades ya no pueden depender exclusivamente de modelos tradicionales de enseñanza. La incorporación de tecnologías digitales, recursos virtuales y metodologías activas dejó de ser una opción para convertirse en una necesidad permanente. En ese contexto, el programa apuesta por impulsar competencias digitales, fortalecer los procesos de innovación pedagógica y consolidar una cultura institucional orientada hacia la mejora continua.

Sin embargo, existe un elemento que diferencia este eje de muchas propuestas similares, el reconocimiento del bienestar profesional del docente como condición indispensable para alcanzar la calidad académica.

Durante años se ha exigido excelencia al profesorado sin discutir suficientemente las condiciones en que desarrolla su trabajo. La calidad docente no depende exclusivamente del esfuerzo individual. También requiere estabilidad, reconocimiento institucional, oportunidades de crecimiento, incentivos para la investigación y un ambiente laboral que favorezca el ejercicio de la docencia.

El programa parece comprender esa relación. Hablar de bienestar profesional significa reconocer que un profesor motivado, respetado y respaldado por la institución posee mayores posibilidades de desarrollar procesos educativos de alto nivel.

No obstante, como ocurre con otros ejes del programa, aparecen desafíos que deberán enfrentarse durante la ejecución.

El primero es el financiamiento. Formar continuamente al profesorado, ampliar programas de capacitación, promover estudios doctorales, fortalecer la investigación y estimular la innovación exige inversiones sostenidas. La voluntad política constituye una condición necesaria, pero nunca suficiente.

El segundo desafío consiste en construir una verdadera cultura de evaluación. En muchas instituciones universitarias la evaluación docente continúa siendo un tema sensible porque suele asociarse a mecanismos disciplinarios. Transformarla en una herramienta de crecimiento profesional requerirá diálogo, transparencia y confianza entre autoridades y comunidad académica.

Existe además un tercer reto que merece atención, la internacionalización de la carrera profesoral. La calidad docente del siglo XXI también se construye mediante redes internacionales de investigación, movilidad académica, cooperación científica y participación en comunidades globales del conocimiento. Aunque el programa hace referencia a la innovación y al fortalecimiento de capacidades, será importante que estas acciones encuentren posteriormente una articulación más profunda con la estrategia de internacionalización de la universidad.

Hay un aspecto que, desde mi perspectiva, resume la filosofía de este eje. El documento no presenta al profesor únicamente como transmisor de conocimientos, sino como constructor de ciudadanía, pensamiento crítico y desarrollo humano. Esa visión recupera una de las tradiciones más valiosas de la UASD: la universidad como espacio de formación integral y compromiso social.

Al concluir la lectura de este apartado queda una convicción, la transformación universitaria no comenzará cuando se inaugure un nuevo edificio ni cuando se adquiera un moderno sistema informático. Comenzará verdaderamente cuando cada aula de la UASD cuente con docentes mejor preparados, permanentemente actualizados, respaldados institucionalmente y comprometidos con la excelencia académica.

Porque, en definitiva, la calidad de una universidad nunca será superior a la calidad de sus profesores. Esa sigue siendo, ayer como hoy, la medida más objetiva del prestigio de cualquier institución de educación superior.

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