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JUAN BOSCH | Elegía en el aniversario de su partida.

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Fidel Soto (Foto externa)
Fidel Soto (Foto externa)

Por Fidel Soto | Vértice crítico. 

Se fue un día como hoy.

Y, sin embargo, nunca se fue.

Permanece en la isla, latiendo en las entrañas de la tierra dominicana. Sus restos reposan en la sobria tumba de La Vega, pero su espíritu camina libre por el valle fecundo de la Vega Real. Dicen los caminantes que, al amanecer, vuelve a nacer en la sonrisa de los niños que marchan a la escuela con los cuadernos bajo el brazo y el porvenir en los ojos.

Se fue Juan Emilio.

Así lo dice el calendario.

Pero mucho antes había sembrado su alma por América, peregrino incansable de la libertad. Ninguna persecución, ningún destierro, ninguna garra de la tiranía pudo doblegar la firmeza de su conciencia ni apagar la luz de su palabra.

Su vida fue sacrificio; su lucha, esperanza; su militancia, ejemplo. Todo cuanto hizo estuvo guiado por un amor inmenso a su pueblo, por la decisión irrevocable de rescatar la patria de la opresión y devolverle la dignidad.

Llevó a la República Dominicana en el pecho como quien guarda un altar sagrado. La amó con la fidelidad de un hijo agradecido, con la ternura del sembrador y con la firmeza del patriota que jamás negocia sus principios.

Se fue Juan Emilio.

Ya no contemplamos el fulgor de su rostro bajo el sol del Caribe. Ya no nos miran de frente aquellos ojos azules donde habitaban la inteligencia y la esperanza. Ya no levantan sus manos el gesto sereno del maestro, ni sus dedos señalan el rumbo de los pueblos. Tampoco veremos el resplandor de su cabellera plateada dialogando con la luz de las mañanas.

Pero nos dejó lo esencial.

Nos dejó el ejemplo que el tiempo no desgasta.

Nos dejó Camino Real, para aprender que la dignidad también se recorre paso a paso.

Nos dejó Los amos, para comprender que ningún hombre nace para servir de esclavo.

Nos dejó Dos pesos de agua, para beber siempre de la fuente limpia de la justicia y la compasión.

Nos dejó Judas Iscariote, para reconocer el rostro de la traición y el veneno de la calumnia.

Cruzó los Andes para descubrirnos a Bolívar en la guerra social. Descendió de las montañas para encontrarse con el indio Manuel Sicurí y escuchar la voz profunda de nuestra América.

Y fue en las Antillas donde encontró el centro de su corazón. Cuba lo conmovió con su rebeldía; Borinquén fortaleció su conciencia bajo la sombra luminosa de Eugenio María de Hostos, el gran sembrador. Desde entonces, Juan Bosch hizo de la siembra su destino: sembró ideas, sembró conciencia, sembró decencia, sembró patria.

Dicen que se fue un día como hoy.

No.

Los hombres de su estatura no mueren; se transforman en memoria viva.

Juan Bosch permanece en el corazón del pueblo; en la conciencia limpia del ciudadano honesto; en el valor del patriota; en la rectitud del militar digno; en la ética del médico; en la responsabilidad del ingeniero; en la vocación del maestro; y, sobre todo, en las manos callosas de obreros, campesinos y trabajadores humildes, por quienes luchó sin descanso.

No se fue.

Mientras un niño abra un libro para aprender; mientras un joven levante su voz contra la injusticia; mientras un dominicano prefiera la honradez al privilegio y la verdad a la mentira, Juan Bosch seguirá caminando entre nosotros.

Es que los grandes sembradores nunca mueren.

Florecen para siempre en el alma de su pueblo.

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