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República Dominicana: cuando la Cuaresma se convierte en terapia nacional

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Editorial Vértice critico La Cuaresma ha comenzado
Editorial Vértice critico La Cuaresma ha comenzado

EDITORIAL: VERTICE CRITICO.

SANTIAGO. En un país donde los titulares suelen competir en estridencia (entre feminicidios, escándalos administrativos y estadísticas de criminalidad), la Iglesia católica ha optado por una intervención menos punitiva y más introspectiva. Desde Santiago, la Arquidiócesis ha planteado que la raíz de los males dominicanos no es exclusivamente institucional ni policial, sino moral y cultural: una sociedad que habla con violencia tiende a convivir con violencia.

Catedral de Santiago.
Catedral de Santiago.

El editorial más reciente del semanario Camino, órgano oficioso de la Iglesia en el Cibao, no propone reformas estructurales ni programas de seguridad ciudadana. Propone algo más difícil de medir y más complejo de implementar: conversión. En el léxico eclesiástico, eso significa reorientación ética; en términos seculares, una recalibración de normas sociales y hábitos discursivos.

El momento elegido no es casual. La Cuaresma, ese periodo de cuarenta días que precede a la Pascua, funciona históricamente como una pausa ritual para el examen personal. Pero en el editorial la pausa se amplía al plano colectivo. La violencia intrafamiliar, los feminicidios y la corrupción no son presentados como episodios aislados, sino como síntomas de una cultura que ha normalizado el desprecio verbal y la indiferencia.

El mensaje papal para 2026, citado ampliamente por la publicación, introduce un giro interesante: la abstinencia no sólo como privación material (menos comida, menos exceso), sino como disciplina lingüística. Abstenerse de herir con palabras, renunciar a la calumnia y al juicio precipitado. En una era dominada por redes sociales, donde la indignación es moneda corriente y el comentario agresivo se premia con visibilidad, la propuesta suena casi subversiva.

Lo que la Iglesia parece sugerir es que la política dominicana (frecuentemente crispada), no es un espacio separado de la cultura cotidiana, sino su espejo. “Desarmar el lenguaje” no es simple cortesía; es una teoría implícita del cambio social. Si la violencia comienza en el discurso, también podría mitigarse allí.

Los críticos podrían objetar que las exhortaciones morales carecen de efectos tangibles frente a problemas estructurales: desigualdad, debilidad institucional o impunidad. Y tienen razón en parte. Pero la Iglesia no está compitiendo con el Ministerio Público ni con el Congreso; está intentando influir en el terreno más difuso de las costumbres. Allí donde las leyes llegan tarde o mal, la cultura fija los límites informales de lo aceptable.

En última instancia, la Arquidiócesis no ofrece políticas públicas, sino una premisa: no habrá reforma sostenible sin transformación del comportamiento cotidiano. Es una apuesta por la ética como infraestructura invisible de la convivencia. En tiempos de polarización y retórica incendiaria, puede parecer ingenua. O puede ser, precisamente por eso, estratégica.

La pregunta no es si la Cuaresma cambiará el país en cuarenta días. La pregunta es si la sociedad dominicana está dispuesta a admitir que su problema no es sólo lo que hace, sino cómo habla y cómo juzga. En esa frontera (entre palabra y acción), se libra una batalla menos visible, pero no menos decisiva.

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