“Renunciar al protagonismo se convierte en un acto de libertad profunda.”
Por José Espinal Marcelo

En tiempos de sensacionalismo, prisa, ruido y carreras por la visibilidad, renunciar al protagonismo se convierte en un acto de libertad profunda. Mi mensaje de hoy reflexiona sobre mi tránsito desde las alturas del liderazgo público hacia la serenidad de las bases, sin abandonar mis convicciones ideológicas ni mis compromiso con un mundo más equitativo, con justicia social.
Hubo un tiempo en que pensamos que la vida se justificaba en los títulos, los cargos y las funciones. Que el reconocimiento era una medida de éxito, y que subir cada escalón del liderazgo equivalía a estar más cerca de la plenitud. Viví entre congresos, asambleas y luchas, convencido de que la transformación del mundo ocurría siempre desde el centro del escenario. Fui dirigente sindical, presidente de un partido político de izquierda, dirigente nacional en otros, y recorrí diecisiete países llevando discursos, argumentos y sueños.
Pero con los años comprendí que la vida tiene otros ritmos y otras enseñanzas. Descubrí que “el poder, cuando se convierte en fin y no en medio, termina por dominar incluso a quien lo ejerce” (Erich Fromm). Y entendí que hay triunfos que desgastan y derrotas que liberan. La vida (maestra silenciosa), me hizo ver que la altura no siempre ofrece perspectiva: a veces solo provoca vértigo y distancia.
No abandoné mis ideas ni mis convicciones. No renuncié a mi compromiso con la justicia, la igualdad ni la dignidad humana. Lo que abandoné fue el protagonismo. Renuncié al ruido, al centro, al deseo de estar “amante y arroba en todo”. Elegí descender para mirar de cerca. Porque, como dijo Paulo Freire, “nadie libera a nadie, nadie se libera solo: los seres humanos se liberan en comunión”. Y esa comunión se vive, sobre todo, desde la base, en el corazón humilde de la gente que no compite por títulos, sino por sobrevivir con dignidad.
Cambié las reuniones por silencios fecundos; las asambleas, por lecturas necesarias; las estrategias, por conversaciones que curan. Hoy valoro la sonrisa de mi hija como el más alto triunfo; en ella compruebo que hay amores que enseñan más que mil discursos. En el abrazo sincero de un amigo encuentro más verdad que en muchos discursos. En la voz de la gente sencilla descubro que la sabiduría no suele estar en las cúpulas, sino en las raíces.
Me ha enseñado la vida que “la verdadera grandeza está en ser útil”, como escribió José Martí. Y esa utilidad no depende del cargo que se ocupe, sino de la honra con que se vive, de la solidaridad que practique. Sigo comprometido con las causas que me formaron, pero ahora lo hago desde la resistencia, sin necesidad de demostrar nada, sin la carga de la urgencia ni la obsesión de ser escuchado. Mi aporte, aunque humilde, es más auténtico: nace de la coherencia y no de la competencia.
Hoy camino más despacio, pero llego más lejos. Escucho más, opino menos. Leo, estudio, acompaño, visito; recojo enseñanzas en un café compartido, en una conversación sin poses, en el silencio del amanecer, en la musa que me dibuja el poema. Aprecio lo pequeño, lo cotidiano, lo que no necesita escenario. He descubierto (como diría Albert Camus), que “no hay destino que no se venza con el desprecio”, y aprendí a despreciar aquello que me robaba la paz.
Desde entonces (sin cargos, sin altavoces, sin ansias de figurar, pero con la conciencia más libre que nunca) soy feliz.
Feliz porque la paz interior no tiene precio.
Feliz porque cambié ambiciones por amor, velocidad por profundidad, anuncios por solidaridad, protagonismo por serenidad.
Feliz porque reencontré la vida sencilla, la más alta forma de plenitud.
Desde entonces, lo digo sin orgullo, pero con verdad: soy feliz.
¡Hasta el próximo!
JEM


































