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Vivo para Contarlo | 3era Parte.

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Tancredo y Yo

Por Miguel Medina.

Miguel Medina
Miguel Medina

¡Me mataron! Una exclamación de coraje que produjo un eco conmovedor y silenció el estruendo de lo que parecía un proyectil letal.

La sangre brotó a borbotones de un cuerpo lacerado; el impacto, momentáneamente, quebró un cuerpo fornido, enérgico y preparado para enfrentar las peores circunstancias.

El movimiento popular y revolucionario de San Francisco de Macorís convocó a huelga general en el municipio. La ciudad fue virtualmente ocupada por un aparatoso contingente policial; los denominados cascos negros se apostaron estratégicamente en los puntos y sectores donde se generaban las confrontaciones entre los agentes y los militantes y combatientes populares.

Las organizaciones comerciales se resistieron al llamado a paralización de labores hecho por la Coordinadora de Organizaciones Populares y las principales organizaciones de izquierda.

Sin embargo, la parte contestataria del pueblo se evalentonó aguerridamente en un pulso con el gobierno y los sectores comerciales y productivos.

Llegado el día en que se convocaba el paro, a las 8:30 de la mañana, el transporte, el comercio y demás actividades productivas empezaban a transcurrir con normalidad. El llamado a paralización había sido rechazado. El movimiento social y popular se anotaba una evidente derrota.

La resistencia a ser derrotado condujo a cometer un gravísimo error. Los militantes y connotados dirigentes de izquierda se concentraron en un punto crítico para tratar de imponer la paralización del tránsito.

Al advertir los cascos negros, desplegados a cien metros de los manifestantes, las intenciones de los protestantes se abalanzaron con agresividad y ensañamiento a fin de reprimirlos.

El repliegue de los protestantes parecía que no traería mayores consecuencias. Los militantes encontraban refugio en los hogares barriales cuando eran perseguidos y acosados represivamente por los agentes policiales.

La mayoría de los manifestantes, en segundos, se esfumaron en los mantos solidarios que el tejido social popular ha construido a golpe de resistencia y sacrificios.

La suerte no corrió a favor de los dos principales dirigentes de izquierda que animaban el conglomerado que intentaba estoicamente imponer el paro.

No encontraron refugio inmediato; corrieron una cuadra con una rapidez y tensión sofocantes.

Penetraron por un espacio abierto entre dos viviendas para tratar de saltar empalizadas a toda prisa y evadir a los agentes que parecían haberse enfocado en ellos.

Al encontrar el primer obstáculo, una pequeña alambrada, Tancredo Vargas notó que su compañero se agotaba y no podía saltar el escollo encontrado en el camino hacia la libertad.

Eran dos camaradas hermanados, guerreros de mil batallas políticas y populares, aunque militaban en diferentes organizaciones políticas. Ambos simbolizaban el eje de la reclamada unidad revolucionaria e inspiraban a la izquierda de la región y del país.

Estaban a punto de perecer de la misma forma en que habían luchado por décadas: juntos, enfrentándose a los rigores de las cárceles, las torturas despiadadas y sin temerle a la muerte. Ambos habían jurado con el lema: Patria libre o morir.

La sombra gris de los agresivos agentes apareció justo en el momento en que el valiente y solidario Tancredo se detenía para cubrir con su cuerpo y tomar a su camarada por las axilas e impulsarlo sobre el obstáculo que impedía continuar la marcha.

Justo en el momento en que su compañero sorteaba la cuerda para continuar hacia el patio de Carlos, el hijo de Cambita, y penetrar a su casa, ubicada en la calle José Del Orbe, del populoso sector Pueblo Nuevo, tratando de evadir de ese modo la feroz persecución.

En ese momento, con enérgica rabia, Tancredo tenía un temple y un valor extraordinarios; su voz reflejaba la fuerza de su espíritu indomable.

¡Empero, en segundos dramáticos, exclamó: “¡Me mataron!”

El poder de su voz fue tan imperativo que el agente que disparó y sus acompañantes se aterrorizaron, detuvieron la marcha y se esfumaron del lugar como por arte de magia.

El compañero que Tancredo cubrió con su fuerte anatomía, protegiéndolo para que no fuera la víctima, se disponía a continuar la marcha cuando escuchó el grito y la rabia de Tancredo.

Instintivamente, impulsado por la reciprocidad del gesto solidario y paternal que segundos antes le había evitado ser alcanzado por un proyectil que parecía letal, dio marcha atrás, sacó energía para saltar la alambrada en dirección contraria; no pensó en que los agentes estaban a escasos metros y podían continuar disparando y, en el mejor de los casos, apresarlos.

Levantó la camisa de Tancredo: tenía un hoyo de dos o tres centímetros en la espalda, a escasa distancia de la columna vertebral.

Felizmente, no se trataba de un proyectil de plomo que pudiera penetrar y poner en peligro órganos vitales.

El disparo fue con una bomba de sólido caucho, en forma de proyectil, que provocó una grave, pero no letal, herida en el cuerpo del camarada.

“No, Tancredo, no hay perforación, no hay mayores peligros”, le proclamó su compañero. Fue tomado del brazo; el dolor le molestaba para caminar, la sangre seguía fluyendo, pero avanzaban hacia el refugio hacia donde minutos antes marchaban. Al salir al frente de la casa, el compañero Ángel Rosa aparecía en una motocicleta y conducía al herido al hospital San Vicente de Paúl.

El boletín de Hibi Radio transmitía la última noticia: el dirigente de izquierda Miguel Medina, con su voz exhausta, anunciaba que fue perseguido junto al dirigente de izquierda Tancredo Vargas por agentes policiales en el sector Pueblo Nuevo y que un agente policial disparó casi a quemarropa, hiriendo a este último.

El Macorís rebelde se levantó y el pueblo permaneció en huelga y en enfrentamientos populares contra los agentes policiales en diferentes barrios.

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