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EL ARTE DE HABITAR EL SILENCIO Memorias y aprendizajes de una mujer de 83 años.

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Víctor Castillo
Víctor Castillo

Por Víctor Castillo (Charin), Psicólogo | 1 de 3 | Vértice Crítico. 

Esta es la primera de tres entregas basadas en las vivencias de Elvira. A través de su voz, recorreremos el viaje de la dependencia a la libertad, el redescubrimiento de la identidad en la madurez y el poder de los pequeños propósitos cotidianos.

PRIMERA ENTREGA: EL DÍA QUE RECUPERÉ MI PROPIO RITMO

Me llamo Elvira, tengo 83 años y nací en 1943 en Valdearenas, España, un pueblo de Guadalajara donde el invierno te cortaba la piel y el verano te pegaba el polvo a los tobillos.

Durante medio siglo, mi vida tuvo un solo compás: el de los demás. Me casé a los 21 años con Julián, tuvimos tres hijos y me convertí en una máquina de cuidar. Planché camisas hasta la madrugada, estiré el dinero, fui enfermera, consejera y administradora.

Y, de pronto, un martes de febrero de 2010, me quedé viuda.

De inmediato, todos decidieron por mí: «Mamá, te vas a deprimir», «Vente a la capital», «Hay residencias fantásticas». Yo escuchaba en silencio. No era por falta de agradecimiento; era porque me daba vergüenza confesar mi verdadero temor. No le tenía miedo a la soledad. Tenía miedo de no saber quién era yo sin alguien a quien atender.

Julián cenaba a las 5:30, aunque yo jamás tuve hambre tan temprano; ponía el noticiero a todo volumen y no soportaba verme sentada sin hacer nada. Me acostumbré tanto a su ritmo que olvidé el mío.

La primera noche sola, el silencio era un traje que me quedaba grande. Pero, en medio de la pena, mirando al techo, sentí un chispazo inesperado: libertad. No alivio por su muerte, sino por dejar de vivir en función de otro.

Al principio intenté cumplir las expectativas yendo a talleres de memoria, donde me sentía un mueble más. Volvía a casa agotada. Ahí comprendí que estar rodeada de gente no te quita la soledad si nadie te comprende.

El cambio llegó un jueves de abril de 2012. Me invitaron a un acto benéfico por compromiso, pero mi cuerpo dijo basta: «Gracias, pero hoy no me apetece». Colgué. No hubo culpa; hubo paz.

A partir de los 60 años, la sociedad intenta llenarte la agenda para que «no pienses». Pero el verdadero bienestar consiste en elegir en qué gastar tus horas. Reclamar tu ritmo no es egoísmo; es volver a respirar.

EJEMPLOS PRÁCTICOS A PARTIR DE LOS 60

La revolución de los horarios. Si a tus 65 años te apetece cenar una fruta a las 9 de la noche, en lugar de cocinar a las 2 de la tarde, hazlo. El reloj ya no es tu jefe.

Aprender a decir «hoy no». Si tus hijos te piden cuidar a los nietos en un día de descanso, está bien responder: «Hoy no puedo; me tomaré la tarde para mí». Poner límites es salud mental.

Cambiar tu entorno. Mueve el sillón junto a la ventana donde da el sol o usa esa vajilla «buena» para tu desayuno diario, en lugar de reservarla para ocasiones especiales.

Hoy tengo 83 años, ceno cuando quiero y no doy explicaciones. Dejar un plato en el fregadero sin sentir que has fallado… eso, querido corazón, no es abandono. Eso es paz.

EN LA PRÓXIMA ENTREGA:

Elvira nos hablará de por qué, en la madurez, no necesitamos a mucha gente, sino a las personas adecuadas, y de cómo el entorno más cercano —desde la cajera del barrio hasta el cartero—, puede devolvernos la certeza de que existimos.

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