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WASHINGTON RECUPERA AMÉRICA LATINA A TRAVÉS DE LA ENERGÍA MIENTRAS ISRAEL REGRESA A CARACAS.

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Por Eman Abusidu | Internacional. 

El petróleo venezolano se está convirtiendo en algo más que un activo energético; está emergiendo como un instrumento en una lucha más amplia por la influencia en América Latina. El acuerdo anunciado por el presidente estadounidense Donald Trump el 28 de agosto incorpora más de 65 mil millones de barriles de reservas venezolanas a una alianza que, según Trump, otorga a la parte estadounidense el «control mayoritario», mientras que el gobierno interino venezolano, liderado por Delcy Rodríguez, insiste en que el acuerdo de 25 años preserva la soberanía nacional.

Esa tensión entre el control estadounidense y la soberanía venezolana se encuentra en el centro de una lucha geopolítica más amplia sobre quién dará forma al futuro económico y estratégico del país.

El acuerdo también se enmarca en el renovado impulso de Washington por reafirmar su primacía en el hemisferio occidental, asegurando el acceso a la energía, los recursos estratégicos y las cadenas de suministro, al tiempo que limita la influencia de China, Rusia, Irán y otras potencias externas.

En este contexto, Venezuela se está convirtiendo en un caso de prueba para una nueva forma de influencia regional estadounidense, construida no solo a través de la diplomacia y los lazos de seguridad, sino también mediante el control de activos económicos cruciales.

La apertura simultánea de Caracas hacia Israel añade otra dimensión a este realineamiento, lo que plantea la posibilidad de que la transformación de Venezuela pueda remodelar no solo la influencia de Estados Unidos en América Latina, sino también las alianzas geopolíticas más amplias de la región.

Juan Contreras, director de Radio Al Son del 23 de Venezuela | Foto fuente externa.
Juan Contreras, director de Radio Al Son del 23 de Venezuela | Foto fuente externa.

Para Juan Contreras, director de Radio Al Son del 23 de Venezuela, el acuerdo no puede entenderse simplemente como un arreglo económico entre Washington y Caracas. Sostiene que representa parte de un esfuerzo estadounidense más amplio para reafirmar su influencia política y estratégica en América Latina a través del control de los recursos energéticos.

En su opinión, el petróleo venezolano se está transformando de un activo económico nacional en un instrumento geopolítico que podría fortalecer la posición de Washington tanto en el hemisferio occidental como en su confrontación con Irán.

«El reciente acuerdo petrolero no representa una cooperación soberana ni un intercambio justo», argumenta Contreras, describiéndolo más bien como la reafirmación de lo que él considera una estrategia neocolonial. Acusa a Washington de utilizar la política energética, las sanciones, la presión económica y la lógica de la Doctrina Monroe para subordinar a los gobiernos latinoamericanos a los intereses estratégicos de Estados Unidos.

Para Contreras, este esfuerzo está conectado con lo que él describe como un intento más amplio de Estados Unidos de restaurar la hegemonía regional. Sostiene que Washington está combinando la presión económica con la política de seguridad y la intervención política para debilitar a los gobiernos y movimientos políticos que históricamente han desafiado la influencia estadounidense.

En esta lectura, Venezuela ocupa una posición particularmente importante. Sus enormes reservas de petróleo, su proximidad geográfica a Estados Unidos y sus relaciones políticas de larga data con Irán, Rusia y China han convertido al país en un importante escenario de competencia geopolítica.

Contreras advierte que someter cada vez más la industria petrolera venezolana a la influencia corporativa estadounidense podría tener consecuencias que trascienden las relaciones bilaterales. Considera que el acuerdo es un intento de reorientar la economía venezolana hacia Washington, debilitando al mismo tiempo la red de relaciones políticas y comerciales que Caracas desarrolló con otras potencias durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Al mismo tiempo, la perspectiva de la reanudación de los lazos entre Venezuela e Israel añade otra dimensión a la transformación geopolítica. Menos de tres semanas antes del anuncio del acuerdo petrolero, se alcanzó un acuerdo con Israel para establecer un mecanismo de prestación de servicios consulares, tras 17 años de distanciamiento que se remontan a 2009, cuando se rompieron las relaciones por la guerra de Israel en Gaza.

Contreras considera que el acercamiento de Caracas al restablecimiento de relaciones con Israel es fundamentalmente incompatible con las tradiciones de política exterior de la Revolución Bolivariana, en particular con su apoyo a la causa palestina y su histórica y estrecha relación con Irán.

Argumenta que tal giro no representaría una decisión autónoma de la política exterior venezolana, sino más bien el resultado de la presión de Washington. «El giro forzado hacia Israel no refleja la voluntad soberana del pueblo venezolano», afirma Contreras, vinculando este hecho con lo que describe como los esfuerzos de Estados Unidos por condicionar las relaciones exteriores de los países latinoamericanos según las prioridades geopolíticas de Washington.

Desde su perspectiva, unas relaciones más estrechas entre Venezuela e Israel también tendrían implicaciones para las relaciones de Caracas con Irán, Rusia y China.

Contreras sostiene que Washington busca debilitar las redes de cooperación Sur-Sur y multipolar que han permitido a Venezuela resistir años de aislamiento político y económico. Considera que la posible reorientación de Caracas forma parte de un esfuerzo por reducir la influencia de las potencias que desafían la primacía de Estados Unidos en el hemisferio occidental.

La creciente presencia de Israel en América Latina puede analizarse dentro de un marco más amplio de influencia estadounidense en la región. Washington e Israel desempeñan cada vez más roles complementarios: Estados Unidos se apoya en la influencia económica, política y diplomática, mientras que Israel contribuye mediante la cooperación en materia de seguridad, los lazos de defensa y las alianzas tecnológicas.

«La alianza militar y política entre la Casa Blanca e Israel busca consolidar un control neocolonial sobre América Latina», argumenta Contreras. En su interpretación, esta alianza no se limita a Venezuela, sino que forma parte de un esfuerzo más amplio por consolidar la influencia política en toda América Latina.

Contreras sostiene que las sanciones y las políticas de seguridad de Estados Unidos, combinadas con las relaciones tecnológicas y de defensa de Israel en la región, podrían utilizarse para fortalecer a los gobiernos alineados con Washington, al tiempo que debilitan los movimientos políticos populares y de izquierda.

Una de las principales preocupaciones entre expertos, observadores locales y miembros de la comunidad venezolana es el futuro de la relación entre Caracas y Teherán. Durante años, Venezuela e Irán desarrollaron una alianza basada en la cooperación energética, el comercio, la transferencia de tecnología y la oposición compartida a las sanciones estadounidenses. Contreras describe la relación Caracas-Teherán como uno de los ejemplos más importantes de cooperación Sur-Sur en el hemisferio occidental.

Según argumenta, un distanciamiento significativo entre Venezuela e Irán representaría, por lo tanto, más que un ajuste diplomático. Constituiría un revés estratégico para la presencia de Irán en América Latina y para la idea más amplia de un sistema internacional multipolar capaz de desafiar la hegemonía estadounidense.

«Venezuela representa el punto de apoyo más sólido para la cooperación Sur-Sur en el hemisferio», afirma Contreras.

En su opinión, perder a Caracas como socio cercano debilitaría la capacidad de Teherán para proyectar influencia política y económica cerca de Estados Unidos, al tiempo que reduciría el acceso de Irán a un mercado importante para la cooperación energética, industrial y tecnológica.

La relación bilateral ha incluido previamente intercambios de productos petrolíferos, asistencia en materia de refinación y cooperación técnica. Contreras interpreta estos acuerdos como mecanismos que ayudaron a ambos países a mitigar los efectos de las sanciones internacionales.

También interpreta la alianza en términos explícitamente ideológicos. Para ciertos sectores de la izquierda latinoamericana, argumenta, la relación Caracas-Teherán se convirtió en un símbolo de resistencia a las sanciones estadounidenses, al poder financiero centrado en el dólar y a lo que describen como presión política occidental. Por lo tanto, un alejamiento de Venezuela de Irán tendría consecuencias simbólicas, además de las económicas.

Detrás del debate sobre el acuerdo petrolero de Venezuela se esconde una cuestión más amplia sobre el futuro papel de América Latina en la política mundial.

Quienes apoyan estrechar lazos con Estados Unidos podrían ver en una mayor inversión, cooperación energética y el restablecimiento de las relaciones con Israel una forma de reconectar a Venezuela con los mercados occidentales. Sin embargo, los críticos temen que este giro debilite las relaciones de política exterior independientes que Venezuela ha forjado con países como Irán, China y Rusia.

La cuestión principal no es solo quién controla o explota el petróleo venezolano, sino si Venezuela y otros países latinoamericanos seguirán teniendo la libertad de elegir sus propias alianzas económicas y políticas.

Si Caracas se acerca a Washington e Israel al tiempo que reduce sus lazos con Teherán, esto podría indicar un cambio más amplio en la dirección geopolítica de América Latina. Podría marcar un alejamiento de las alianzas multipolares promovidas durante la era bolivariana y un acercamiento a un orden regional en el que Estados Unidos vuelva a desempeñar un papel más relevante.

Para Contreras y otras voces antiimperialistas en América Latina, el debate sobre el petróleo venezolano va más allá de la energía. Se trata también de quién tendrá la mayor influencia sobre el futuro político y estratégico de la región.

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