
Sexta parte | Una reflexión sobre la desigualdad frente al último instante.

Por José Espinal Marcelo |Vértice crítico.

Después de cinco entregas sobre la muerte, podría parecer que ya está todo dicho.
No lo está.
Hay una idea que me ha perseguido desde el primer artículo y que, quizás, explica muchas de las injusticias que aceptamos como si fueran naturales.
La muerte llega para todos.
Pero no llega igual para todos.
Nos gusta repetir que la muerte es la gran igualadora de la humanidad.
No estoy tan seguro.
Es verdad que todos moriremos.
Lo que no es verdad es que todos viviremos las mismas condiciones antes de morir.
Hay quien llega al final rodeado de médicos, medicamentos, tecnología y afectos.
Hay quien llega esperando una ambulancia que nunca apareció.
Hay quien envejece con tranquilidad.
Hay quien envejece trabajando porque jubilarse significaría dejar de comer.
Hay quien puede tratar un cáncer desde el primer síntoma.
Hay quien descubre la enfermedad cuando ya no queda nada por hacer.
La muerte no distingue entre ricos y pobres.
La vida sí.
Y esa diferencia termina escribiendo también la historia de nuestra muerte.
No es lo mismo morir después de haber tenido todas las oportunidades para vivir que morir porque esas oportunidades nunca existieron.
Por eso la desigualdad también mata.
Mata lentamente.
Antes del último aliento.
Mata cuando un niño nace sin acceso a vacunas.
Cuando una madre no encuentra atención médica.
Cuando un anciano debe escoger entre comprar medicamentos o alimentos.
Cuando la salud deja de ser un derecho y se convierte en un privilegio.
Durante esta serie he repetido que la muerte es un fenómeno material.
Hoy quiero agregar algo más.
También es un fenómeno político.
No porque los gobiernos decidan quién muere.
Sino porque las decisiones políticas determinan quién tiene más posibilidades de vivir.
Cada hospital que no se construye.
Cada médico que falta.
Cada comunidad abandonada.
Cada presupuesto reducido para la salud pública.
Cada familia empobrecida por el costo de una enfermedad.
Todo eso también participa silenciosamente en la historia de muchas muertes.
Durante mucho tiempo nos enseñaron a pensar que morir era un asunto exclusivamente individual.
No lo es.
Detrás de muchas muertes existen estructuras sociales enteras.
Existen desigualdades acumuladas durante años.
Existen oportunidades distribuidas de manera profundamente injusta.
La biología pone un límite.
La sociedad decide, muchas veces, cuán cerca llegamos de ese límite.
Quizás por eso me resulta imposible hablar de la muerte sin hablar también de la dignidad.
Porque la verdadera igualdad no consiste en que todos muramos.
Consiste en que todos tengamos la misma oportunidad de vivir.
De enfermarnos con atención médica.
De envejecer sin abandono.
De despedirnos sin pobreza.
De llegar al final con el mismo respeto que merece cualquier ser humano.
No sé si algún día construiremos una sociedad donde la muerte deje de reflejar las desigualdades de la vida.
Pero sí sé una cosa.
Mientras existan personas que mueran por hambre.
Mientras alguien fallezca porque no pudo comprar un medicamento.
Mientras una familia deba vender todo lo que posee para intentar salvar a uno de los suyos.
Mientras la esperanza de vida dependa del código postal donde nacimos.
No podremos seguir diciendo que la muerte es igualitaria.
La muerte llegará para todos.
Pero la justicia consiste en que la vida también llegue para todos.
Quizás ese sea el desafío más profundamente humano.
No vencer a la muerte.
Sino impedir que la desigualdad decida, demasiado temprano, quién debe encontrarse con ella.





































