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LA DEMOCRACIA DE LOS POBRES, LA TERGIVERSACIÓN DE LOS RICOS.

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Por Henry Polanco | Vértice Crítico

Da la impresión de que todas las estructuras de la ONU tenían la solución de la pobreza y, sin embargo, la pobreza no se acabó. Algunos afirman que es un problema de dinero. No obstante, la industria armamentista tuvo ingresos por ventas de artilugios de muerte de 619 mil millones de dólares en 2024.

Y señalar que aproximadamente entre el 1,1 % y el 1,2 % de la población adulta, según cifras de Credit Suisse (2022) y Oxfam, [concentra la riqueza]; el resto vivimos de la esperanza ingenua o de tratar de imitar a los dueños del gran capital mundial.

Es obvio que la pobreza extrema es un asunto de Estado, de políticas salariales y de modelo político, social y económico. El mejor ejemplo lo tenemos en China, que anunció la erradicación de la pobreza extrema en 2021, un logro que el Gobierno atribuye a haber sacado de la indigencia a más de 800 millones de personas desde el inicio de sus reformas económicas en 1978.

Para mantener permanentemente estos logros, es indispensable conservar un crecimiento continuo y robusto, con precisión en el cumplimiento de las metas productivas, sin socavar las disciplinas de la austeridad dentro del modelo, priorizando los objetivos planteados ante las variables que puedan presentarse como retos y desafíos.

En nuestro modelo político, denominado democracia, los pobres, el pueblo de a pie, los empleados, los campesinos, los funcionarios y los obreros, entre tantos otros, solo saben de democracia cada cierto tiempo: cuando acuden ingenuamente al sitio del sufragio a depositar el voto en la urna electoral.

Es decir, para seleccionar, entre varios candidatos, a un presidente, gobernador, alcalde o edil, escogidos por los magnates, industriales, banqueros, terratenientes y burgueses; los mismos que financian las campañas electorales de los aspirantes, los mismos dueños de las empresas que explotan a los sufragantes desde hace siglos. Los partidos políticos son peones de estos intereses económicos, que se popularizan mediante los medios de control de masas o mass media: medios escritos, redes sociales, radio, teléfonos y televisión, todos destinados a desinformar y tergiversar opiniones.

Es público y notorio que los votantes no actúan en el proceso de escogencia de los candidatos a elegir. De eso se encargan los dueños del dinero, quienes financian las campañas electorales para proteger sus intereses.

La democracia no se inventó para solucionar los problemas de la pobreza ni de los salarios de miseria, ni tampoco para remediar las necesidades de alimentación, educación, vivienda y salud de los excluidos de siempre. Este modelo se inventó para preservar y aumentar los capitales de los poderosos y, para eso, estos financian las campañas electorales de los candidatos, quienes, una vez que triunfa el partido, deberán pagar los favores.

Quienes proporcionan el capital para las campañas electorales de muchos de los candidatos son los dueños del dinero; son los que explotan a los trabajadores con sueldos de miseria; son los que les roban la tierra a los campesinos; son quienes les compran a los agricultores los productos del campo a precios de saldo; los mismos que abusan de las damas en sus funciones como empleadas; los lavadores de dinero y cómplices del consumo y tráfico de drogas.

Son estas cáfilas de individuos quienes finalmente se reúnen con los gobiernos de turno para repartirse el dinero del tesoro público.

En estos cónclaves, los pobres y los ciudadanos comunes no tienen nada que velar. Las reuniones de los poderosos en esta democracia burguesa solo sirven para elegir al candidato. Este será el escogido por el modelo liberal, quien, paradójicamente, pertenece al sistema que ha explotado y subyugado por siglos a los trabajadores. Así funciona la democracia burguesa.

Según los versados, la libertad es la capacidad natural y el derecho fundamental del ser humano para tomar decisiones, actuar según su propia voluntad y expresar sus ideas sin sufrir coacciones externas, siempre que se respeten los derechos de los demás y se asuma la responsabilidad de los actos.

Creo que la palabra «libertad» es la más repetida y la más escuchada durante las campañas electorales. No existe ningún líder en el mundo que, en sus arengas políticas, no les prometa a sus seguidores «libertad». Y como este vocablo se ha repetido por siglos por casi todos los aspirantes a la Presidencia, parece ser que es algo así como un bien imposible de alcanzar, una especie de quimera o, en el mejor de los casos, que nadie sabe para qué sirve.

Es imposible que un pobre pueda decidir, por eso de tomar decisiones, sobre la posibilidad de devengar un salario justo, sobre la eventualidad de ir al mercado para comprar los alimentos para sus hijos, sobre la posibilidad de ir a una clínica cuando se enferma un hijo o la esposa.

Es algo cuesta arriba que los hijos de los pobres puedan acudir a una universidad y, mucho menos, disfrutar de unas vacaciones. Es inadmisible hablar de tomar decisiones sobre aquellos renglones cuando al pobre lo que le sobran son limitaciones.

Es así como algo falla en la libertad de los pobres, que no encaja en la opulencia de los ricos, tal como se observa en los mamotretos llamados partidos políticos, como actores del sistema sociopolítico mal llamado democracia burguesa representativa.

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