
Por Juan Ramón Guzmán | Acarigua, Venezuela | Vértice Crítico.

Érase una vez una nación que eligió no hacer nada como estrategia frente a sus enemigos. Tiene a filósofos por comunicadores y a encuestólogos por ideólogos, en esa tarea de procrastinación. Además, cuenta con un formidable ejército de justificadores que salen a explicar la efectividad de cada inacción. Digamos que su cotidianidad es como una especie de rey desnudo a quien solo le falta el niño que lo descubra, como un Cristo que marcha inmutable a su Gólgota recibiendo infamias y laceraciones, sin tener más mejillas que poner a sus agresores. Sin embargo, pese a lo evidente, finge estar bien en su imperturbable discurso de victoria.
La verdad es una auténtica locura, allí donde la nada es el todo.
Pareciera que Balzac y Lampedusa, saltándose sus propios tiempos históricos, se hubieran puesto de acuerdo para escribir al alimón una novela acerca del devenir inmóvil de esa nación y de su no respuesta ante cada golpe recibido, como gastándole a su población una jugarreta. Lo cierto es que su grandeza como nación indefendida se reduce como el mágico cuero de un asno que cumple deseos a cada exceso y desenfreno, acortando su propia vida en pago hasta extinguirse, a la vez que se simulan cambios en apariencia para que, en realidad, todo siga igual, como si no pasara nada.
Esta nación, cuya defensa máxima es no defenderse, ha ideado un sinnúmero de frases espléndidas como excusa para no actuar. De todas, por ejemplo, «nervios de acero» es la que más me encanta, porque combina términos contradictorios como sensibilidad con inanimación, o elasticidad con dureza, para al final no hacer nada mientras el despojo flagrante y continuado a esa nación de manos atadas cabalga a todo galope. Es un primor de creación poética de la abulia decir nervios de acero ante una coñaza feroz que se recibe sin levantar un dedo para defenderse, y no estoy ironizando. Esta frase espléndida es una metáfora muy bien lograda.
Y así muchas otras frases espléndidas que se podrían explicar, aunque no con la contundencia y la belleza expresiva de «nervios de acero», reitero.
Ante la imposición de un autoproclamado salido de la nada como el presunto «nuevo Jefe» de esa nación inerme —que ya tenía un jefe—, se apeló a una exquisita frase culinaria para calmar a los enardecidos hambrientos de justicia y razón: «deja que se cocine en su propia salsa» y, a la postre, los cocinados resultaron ser los habitantes de esa nación sin defensa, que presenciaron aquella vulgar comilona, cuyas provisiones del festín salieron nada más y nada menos que de la propia alacena de esos mismos habitantes iracundos, y aquel barbarazo se fue raudo, repleto e impune, en huida pactada, a la luz del día y a la vista de todos y todas.
Y así por el estilo, a cada embestida le sucedía una frase espléndida y a cada frase espléndida le sucedía una omisión sucesiva. En crudas palabras, una repetición del absurdo, una espiral de vergüenza, un abuso de quienes se creen con derecho de burlarse de todo el mundo todo el tiempo, impunemente.
Últimamente, a las frases espléndidas como excusas para no hacer nada se les han sumado las reinterpretaciones de máximas y preceptos de antiguos tratados militares. He leído montones de notas justificadoras a este respecto, siempre en función de argumentar el porqué no se hizo nada, «como análisis concreto de la situación concreta», en una acción de guerra, como lo injustificable que es una invasión extranjera a una nación indefensa.
La más lamentable de estas justificaciones es el caso de unos señores en esa nación desprotegida ex profeso que les relato, a quienes por casi una docena de años se les encargó su defensa militar. Tiempo tuvieron para elaborar una estrategia. Y hasta libros escribieron, en especial uno reflexionando a Tucídides con la geopolítica actual del mundo. No obstante, llegado el momento para el cual supuestamente se habían preparado —y al que, con bélicos anuncios durante cinco meses continuos, el invasor les había anunciado que ese momento llegaría—, ¿qué hicieron? ¡Nada! Alegaron la superioridad militar del agresor para no combatir ni llamar a filas. Apenas un puñado de hombres y mujeres valientes allí tuvieron el coraje de inmolarse ese día. Y fíjense, estos trapecistas del lenguaje hasta de la inmolación han hecho un objeto de burla a quienes les reclaman dignidad y decoro ante tan ominoso comportamiento.
Atrás quedaron la unión cívico-militar y la guerra de todo el pueblo como guías de lucha revolucionaria, con las que emocionaron a incautos en desfiles, marchas y arengas. Lo único positivo que dejan es que en su derrumbe sepultaron entre sus mismos escombros, como personas públicas, a dos frases espléndidas que ya no se oyen: «dudar es traición» y «leales siempre, traidores nunca» (solo quedan en las redes sociales, como recordación de aquello, las fotos de los burócratas acomodaticios en sus cuentas de Facebook, TikTok e Instagram, cuando disimulaban apuntar y disparar un arma en un enrolamiento que nunca fue). Hoy, algunos de esos caballeros arrean vacas en el llano u observan los girasoles crecer, o cuidan y abrazan a sus nietos tiernamente, en tanto que el hombre a quien ellos juraron —mediante ley— proteger y defender con sus vidas está encerrado en una cárcel extranjera, en la que podría terminar el resto de sus días.
En fin, ya para ir finalizando, en la abstracción de esta nación imaginaria, aparte de las frases espléndidas, las reinterpretaciones y las inconsecuencias, hay algo también desarrollándose que llama la atención, que casi nadie entiende. Ya develados los fines ulteriores de la invasión extranjera (que es la apropiación de sus recursos naturales y la disolución de esa nación no defendida, a través de la partición de su territorio), hay un plan «de defensa» que nadie sabe en qué consiste ni en qué status está en estos momentos —salvo sus ejecutores, que sí lo conocen, me imagino yo—. Es una cosa magnífica, por la carga de creación literaria en que consiste: es ceder, ceder y ceder ante nuestro enemigo para ganar tiempo, apostando a que las cosas cambien inercialmente en la geopolítica mundial para luego revertir la situación, volver al punto inicial y retomar «la revolución». Quedé maravillado. Cuando una buena persona amiga me narró de su imaginación esta Batalla de las Queseras del Medio del siglo XXI, me acordé de Harry Houdini, el escapista austrohúngaro más famoso y más versátil que ha existido en el mundo. A él lo amarraban con cadenas y con candados y lo metían en una caja fuerte, y siempre se escapaba. Me deprimí después de pensarlo bien. Que para esta nación imaginaria indefensa no valen las ilusiones ópticas ni los trucos de mago. Que la historia y la política se manejan de otra manera. Que Páez pudo batir sus fuerzas contra Morillo, luego de hacerle creer que huía derrotado y aplicarle su vuelvan caras exitosamente, pues mantenía una cohesión monolítica con sus hombres, que nunca le abandonaron.
No. Una nación imaginaria sin defensa alguna es escapista solo en la literatura y en la afiebrada mente creativa de hombres como Honoré de Balzac o Tomás de Lampedusa, como dije al inicio de esta nota. Una nación real inerme atrapada en los tentáculos coloniales del imperialismo solo puede ser reemancipada por su propio pueblo consciente, organizado y unido, por nadie más.
Acarigua, agosto de 2026.





































