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La unidad que necesitamos no cabe en una foto.

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José Espinal Marcelo | Foto Ángel Peralta.
José Espinal Marcelo | Foto Ángel Peralta.

Por José Espinal Marcelo | El autor fue director de campaña del candidato presidencial  Ramón  Almánzar en el 2004 | Vértice crítico. 

La izquierda dominicana lleva demasiado tiempo hablando de unidad como si la unidad fuera, por sí misma, una política.

No lo es.

La unidad puede ser una condición necesaria, una herramienta, incluso una conquista importante, pero nunca sustituye el problema principal: para qué queremos unirnos, con quiénes, alrededor de qué programa, con cuál sujeto social y con qué vocación de poder.

Durante años hemos repetido la escena. Reuniones, coordinaciones, declaraciones conjuntas, llamados a cerrar filas, intentos electorales de última hora. A veces logramos caminar juntos durante una coyuntura; otras veces volvemos a nuestras respectivas trincheras. Mientras tanto, la influencia social acumulada por generaciones de militantes de izquierda, sindicalistas, dirigentes comunitarios, intelectuales, ambientalistas, estudiantes, campesinos y trabajadores no logra traducirse en una fuerza política de magnitud equivalente.

Ahí está el problema.

No se trata de afirmar que la izquierda dominicana carece de presencia social. Sería falso. Ha estado presente en luchas obreras, campesinas, estudiantiles, barriales, ambientales y democráticas. Ha aportado cuadros, ideas, sacrificios y una tradición de resistencia que forma parte de la historia política nacional.

Pero una cosa es tener presencia social y otra muy distinta convertirla en capacidad política organizada.

Y otra, todavía más difícil, convertir esa capacidad política en mayoría electoral y posibilidad de gobierno.

Ese tránsito no ocurre espontáneamente.

El error de comenzar por las siglas

Uno de nuestros problemas recurrentes ha sido pensar la unidad desde arriba.

Primero contamos organizaciones.

Después preguntamos quién representa a quién.

Luego discutimos candidaturas.

Más tarde buscamos una boleta.

Y casi al final aparece el programa.

Ese orden está invertido.

La experiencia latinoamericana muestra que las izquierdas y los sectores progresistas que lograron conquistar gobiernos no lo hicieron porque consiguieron sentar alrededor de una mesa a muchas organizaciones. Lo lograron cuando fueron capaces de construir una relación política nueva entre organización, sociedad, programa, territorio, liderazgo y voto.

Uruguay ofrece una enseñanza notable.

El Frente Amplio no surgió simplemente como una suma de partidos. Allí coexistieron comunistas, socialistas, demócrata-cristianos, sectores desprendidos de los partidos tradicionales e independientes. Sus componentes conservaron sus identidades, pero construyeron una identidad política superior.

Ese punto es fundamental.

La unidad no debe significar desaparición.

Una organización puede conservar su historia, su doctrina y sus símbolos, y al mismo tiempo participar en una herramienta política común.

El problema aparece cuando las organizaciones quieren que el frente sea solamente una extensión de ellas mismas.

Entonces no nace nada nuevo.

Apenas se organiza una coalición.

La izquierda social que existe fuera de la izquierda organizada

Hay otra realidad que debemos reconocer sin prejuicios.

La izquierda dominicana es más grande que sus partidos.

Hay miles de personas que piensan desde posiciones progresistas, democráticas o de izquierda y no militan en ninguna organización.

Están en universidades, sindicatos, comunidades, movimientos culturales, colectivos ambientales, asociaciones profesionales, organizaciones campesinas, juntas de vecinos y espacios juveniles.

Algunos militaron hace años y se alejaron.

Otros nunca entraron.

Muchos simpatizan con determinadas ideas de transformación, pero no se sienten convocados por nuestras formas tradicionales de organización.

El debate reciente ha comenzado, correctamente, a mirar hacia ese universo.

El PCT ha insistido en la importancia de los independientes y de lo que denomina reservas democráticas para superar los estrechos resultados electorales de la izquierda. Emmanuel Aquino ha planteado el mismo problema desde otra perspectiva: si existen más izquierdistas y progresistas que militantes partidarios, no podemos construir una alternativa limitándonos a fortalecer lo que ya existe.

La conclusión debería ser elemental:

Los independientes no pueden ser invitados solamente para votar por decisiones tomadas por otros.

Tienen que participar en la elaboración política.

En el programa.

En las estructuras territoriales.

En los debates.

En la selección de candidaturas.

Si la apertura no llega hasta ahí, no es apertura. Es convocatoria electoral.

La política comienza en la sociedad

Articulación Social formuló hace años una idea que merece ser recuperada.

Su planteamiento colocaba el trabajo político en fábricas, campos, barrios y organizaciones sociales como parte constitutiva de cualquier referente unitario. No entendía la unidad exclusivamente como acuerdo entre direcciones, sino como construcción en contacto con las luchas sociales.

Ese aporte sigue siendo válido.

Desde una perspectiva marxista, esto tiene una explicación bastante sencilla.

La política no nace en las oficinas partidarias.

Nace de las contradicciones de la sociedad.

Del salario que no alcanza.

Del trabajador sin protección.

Del agricultor quebrado.

Del joven que no encuentra empleo.

De la mujer sobre quien recae una carga desigual de cuidados.

Del barrio sin servicios.

Del trabajador informal sin seguridad social.

De la comunidad que defiende su agua.

Del ciudadano cansado de corrupción e impunidad.

De ahí surgen demandas.

Pero una demanda no es todavía un programa.

Y un programa no es todavía una fuerza política.

La tarea consiste precisamente en realizar esa transformación.

De necesidad social a conciencia política.

De conciencia política a organización.

De organización a programa.

De programa a fuerza electoral.

Y de fuerza electoral a capacidad de gobernar.

Ese recorrido es mucho más complejo que preparar una campaña.

Bolivia: cuando la sociedad organizada construye política

La experiencia boliviana resulta instructiva por una razón particular.

El MAS no nació simplemente como una organización que buscaba captar electores. Su desarrollo estuvo profundamente vinculado a sindicatos campesinos, organizaciones indígenas y estructuras territoriales.

Eso modificó la relación tradicional entre partido y sociedad.

No era únicamente el partido intentando organizar al pueblo.

Una parte de la sociedad organizada estaba construyendo su propia expresión política.

Ese aprendizaje debería interesarnos.

Porque nosotros solemos pensar la política desde la organización hacia la sociedad.

Tal vez tengamos que comenzar a pensar también desde la sociedad hacia la organización.

Eso significa escuchar antes de proclamar.

Investigar antes de decidir.

Conocer los problemas concretos antes de redactar grandes declaraciones.

Y permitir que los sujetos sociales participen en la elaboración de las soluciones.

El municipio no es un premio menor

Aquí aparece otra discusión que considero de enorme importancia.

Durante mucho tiempo la izquierda dominicana ha mirado las elecciones municipales como una especie de escenario secundario.

Puede ser exactamente lo contrario.

El municipio permite construir política a escala humana.

La gente sabe qué significa una calle deteriorada.

Sabe cuándo no se recoge la basura.

Conoce el problema del tránsito.

Padece la falta de espacios públicos.

Ve cómo se administra el presupuesto.

Sabe quién tiene vínculos comunitarios reales y quién solamente aparece durante una campaña.

Por eso la propuesta de experimentar desde lo municipal merece atención.

El PCT ha hablado de concentrar esfuerzos en municipios y circunscripciones donde dispone de acumulación social. Emmanuel Aquino ha planteado incluso a San Francisco de Macorís como posible laboratorio de una experiencia unitaria entre organizaciones, sectores progresistas e independientes.

No hay que convertir esa idea en dogma.

Pero contiene una intuición correcta:

es más fácil demostrar una nueva manera de gobernar en un territorio concreto que explicarla durante años mediante discursos nacionales.

Uruguay lo entendió.

El Frente Amplio gobernó Montevideo mucho antes de conquistar la Presidencia.

La experiencia municipal se convirtió en escuela política, espacio de gestión y demostración.

El municipio puede ser acumulación de poder.

No simple participación.

Pasar de participar a competir

Aquí hay que decir algo incómodo.

La izquierda dominicana se ha acostumbrado demasiado a celebrar la participación.

Presentamos candidatos.

Conseguimos una pequeña cantidad de votos.

Decimos que fue una experiencia.

Prometemos seguir acumulando.

Y cuatro años después volvemos a empezar.

Eso puede tener valor testimonial.

Pero el testimonio no sustituye la política.

Una organización que entra a un proceso electoral debe saber qué está intentando construir.

¿Quiere medir fuerzas?

¿Quiere obtener representación?

¿Quiere conquistar un municipio?

¿Quiere instalar una alternativa nacional?

Cada objetivo exige una estrategia diferente.

La formulación de Emmanuel Aquino me parece correcta: participar significa presentar candidatos; competir significa construir para ganar.

No significa creer ingenuamente que se ganará todo inmediatamente.

Significa organizarse con mentalidad de crecimiento, no de sobrevivencia.

El programa debe llegar antes que las candidaturas

Otra deformación de nuestra cultura política es convertir los nombres en el centro del debate.

¿Quién será candidato?

¿Quién encabezará?

¿A quién le corresponde?

¿Quién tiene más trayectoria?

Esas preguntas pueden ser legítimas.

Pero llegan demasiado temprano.

Primero tenemos que discutir el país.

¿Qué modelo productivo proponemos?

¿Cómo financiamos un sistema de salud verdaderamente público?

¿Qué hacemos con la seguridad social?

¿Cómo reducimos desigualdad?

¿Qué política fiscal necesita República Dominicana?

¿Cómo protegemos nuestros recursos naturales?

¿Qué proponemos frente a la precarización laboral?

¿Cómo democratizamos los municipios?

¿Qué política cultural?

¿Qué visión de educación?

¿Qué papel para las cooperativas?

¿Qué estrategia de soberanía alimentaria?

¿Qué política industrial?

¿Qué posición frente a la dependencia económica?

Articulación Social ya había colocado sobre la mesa temas relacionados con salud, seguridad social, desigualdad, recursos naturales, derechos laborales y crítica al modelo neoliberal.

Eso constituye materia política.

Pero necesitamos dar un paso más.

Convertir consignas en políticas públicas.

Decir cómo.

Con qué recursos.

En cuánto tiempo.

Con cuáles prioridades.

Ese es el salto entre oposición y alternativa.

Una izquierda que aspire a gobernar tiene que aprender a ampliar

Hay quienes consideran que ampliar una alianza significa necesariamente moderarla.

No siempre.

Depende de cómo se amplía y alrededor de qué.

Brasil ofrece una experiencia interesante.

El PT construyó una identidad política fuerte y al mismo tiempo comprendió que para alcanzar mayorías necesitaba ampliar su marco de alianzas.

La clave no está en abandonar el programa para atraer a otros.

La clave está en distinguir entre doctrina partidaria y programa común.

Cada organización puede seguir siendo marxista, socialista, cristiana progresista, socialdemócrata, nacional-popular o independiente.

No hace falta convertir a todos en lo mismo.

Lo que sí hace falta es acordar qué se hará juntos.

Ese es el verdadero terreno de la unidad.

No la homogeneidad ideológica.

La acción programática común.

La democracia interna también es lucha de clases

Desde la izquierda hemos criticado, correctamente, el carácter oligárquico de buena parte del sistema político.

Pero esa crítica pierde autoridad cuando reproducimos dentro de nuestras propias organizaciones prácticas cerradas, verticales o personalistas.

Algunas de las experiencias latinoamericanas que hemos reivindicado, obligan a reflexionar.

Una fuerza puede llegar al gobierno hablando en nombre del pueblo y luego reducir los espacios reales de deliberación.

Puede construir una organización alrededor de una figura hasta volverla dependiente de ella.

Puede confundir liderazgo con propiedad.

Ese riesgo no pertenece exclusivamente a la derecha.

Por eso una propuesta nueva tiene que diseñar desde el inicio mecanismos democráticos.

Dirección colectiva.

Rendición de cuentas.

Derechos de las minorías.

Rotación.

Consultas.

Mecanismos para resolver conflictos.

Reglas claras para escoger candidaturas.

Porque una izquierda democrática no se demuestra únicamente por lo que propone hacer con el Estado.

Se demuestra también por cómo organiza su propia vida.

No necesitamos una izquierda más grande. Necesitamos una mayoría nueva

Llegados a este punto, quizá sea necesario modificar incluso nuestra manera de formular el problema.

No se trata solamente de construir una izquierda electoralmente más grande.

Se trata de construir una nueva mayoría popular y democrática.

La izquierda organizada debe estar ahí.

Los movimientos sociales también.

Los sindicatos.

Los campesinos.

Los comunitarios.

Los jóvenes.

Las mujeres.

Los ambientalistas.

Los profesionales.

Los intelectuales.

Los trabajadores independientes.

Y sectores democráticos que quizás nunca se definan como izquierda, pero coincidan con transformaciones sustantivas.

Eso no significa borrar las fronteras políticas.

Significa entender algo elemental de la lucha por el poder:

Ninguna fuerza social gobierna aisladamente.

Toda transformación importante requiere construir un bloque social capaz de sostenerla.

Gramsci lo habría planteado en términos de hegemonía.

No basta tener razón.

Hay que convertir una visión del país en sentido común social.

  • Y eso exige política.
  • Cultura.
  • Organización.
  • Comunicación.
  • Territorio.
  • Pedagogía.
  • Y paciencia histórica.

La pregunta de fondo

El problema ya no debería ser si la izquierda dominicana participará en 2028.

Por supuesto que debe participar.

La pregunta verdaderamente política es otra:

¿Qué debemos comenzar a construir ahora para que en 2028 exista algo cualitativamente diferente a lo que hemos presentado hasta hoy?

Si la respuesta vuelve a ser una alianza de último momento, habremos perdido otra oportunidad.

Si consiste solamente en una nueva boleta, será insuficiente.

Si gira alrededor de una candidatura, será frágil.

Si se limita a sumar las organizaciones existentes, será pequeña.

La posibilidad comienza cuando conectemos esas piezas:

organización política, fuerza social, programa, territorio, participación ciudadana, democracia interna y vocación electoral.

Ahí podría comenzar algo distinto.

No una unidad para salir juntos en una fotografía.

No una coalición para repartir posiciones.

No otra experiencia testimonial.

Sino una herramienta política capaz de acompañar las luchas sociales, disputar el sentido común, construir organización popular y convertir esa acumulación en capacidad real de gobierno.

Porque, al final, la cuestión no es solamente unir a la izquierda.

La cuestión es mucho más exigente:

Construir la fuerza social y política capaz de cambiar el país.

Y esa tarea no comienza en 2028.

Ya comenzó.

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